SERGIO VADILLO
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Fernando llevaba veinte años yendo al gimnasio.

Cuando vino a mí llevaba veinte años «entrenando». Iba al gimnasio, se subía a máquinas y repetía lo de siempre. Sin una programación que le estuviera haciendo avanzar.

Había probado dietas, rutinas y suplementos. Y seguía con la sensación de que aquello no era para él.

Fernando antes del proceso, con la cara pixeladaFernando después del proceso, con la cara pixelada

Con Fernando hicimos lo contrario de complicarlo más. Elegimos ejercicios multiarticulares y adaptamos la técnica a sus palancas: fémur largo, brazos largos y la rigidez con la que empezaba.

Dos días de fuerza, dos de movilidad y unas tres horas semanales en total. La actividad diaria también tenía que cambiar: usó una cinta bajo el escritorio para moverse mientras trabajaba.

Con la comida, una estructura flexible que incluyera alimentos que le gustaban. Medimos la evolución para saber qué estaba funcionando y qué teníamos que ajustar.

Lo que empezó a cambiar.

Pasó de sentadillas con 40 kilos y un patrón de principiante a mover 160–170 kilos a repeticiones. En las mediciones de esos seis meses pasó de 81 a 78 kilos, con una reducción del porcentaje de grasa registrado del 15 al 7 %.

Menos peso en la báscula y bastante más fuerza. Por eso quedarse solo con los kilos no cuenta toda la historia.

Fernando me lo explicó así:

«Sergio, te lo digo sin vaselina. Dos años contigo y fue la mejor decisión que tomé. Antes iba al gimnasio y hacía lo primero que se me ocurría, sin plan. Contigo perdí miedos, aprendí a moverme bien y a entrenar con cabeza. Mejoré cada semana y seguí comiendo normal, sin reglas absurdas ni paranoias. Cambié por fuera y por dentro. Me siento fuerte y tranquilo. Si alguien está como yo estuve, que te escriba ya. Para mí un diez».

No necesitaba reservarle más vida al gimnasio. Necesitaba que el tiempo que ya le dedicaba tuviera una dirección.

Sergio Vadillo